© Pilar Alberdi. Escritora. Licenciada en Psicología (UOC). Cursando Grado en Filosofía (UNED)


martes, 22 de agosto de 2017

LA EXPERIENCIA DE LA MANADA



Texto y fotos: Pilar Alberdi

Es un atardecer del mes de agosto. Camino con mi hijo y su cachorro, un cruce de mastín, por el cauce de uno de los arroyos del pueblo. Es un lecho ancho, lo suficientemente abierto y profundo como para evitarnos el sol directo de las últimas horas.
Arrastramos el cansancio del día y, sin embargo, nos reconforta la idea de esta larga caminata por uno de los típicos cauces secos de la zona, una verdadera rambla, a los que pocas veces al año vemos un poco cubierta de agua. Las piedras, oscuras y pequeñas se adaptan al paso, y se agradece ese suelo duro pero mullido. Es verdad que hay cantos rodados más grandes. De algunos de ellos, los niños de nuestra familia dicen que parecen huevos de dinosaurios. Y algo de razón llevan.
Hay los típicos arbustos de clima mediterráneo y algunos árboles altos y majestuosos, por ejemplo, un eucalipto que me recuerda otros muchos que he visto y disfrutado por Galicia o Sudamérica. Y cigarras, potentes, como aquellas que oí por primera vez en Caracas, o como las que llegan ahora a casa hacia el mes de junio.
El cauce del río, lo contienen grandes bloques de piedras como ajuste a una posible riada, las de otoño o primavera que, a veces, pueden bajar de manera inesperada.
De la alambrada de alguna casa de campo, cuelgan radiantes racimos de uva moscatel. Estamos a un paso de la conocida como «Ruta de la pasa», en la Axarquía malagueña. Más allá hay un campo de golf, refugio de residentes extranjeros, y sobre este y el cauce del río, la autovía, que cruzamos entre los pilotes de cemento de un alto puente.
He venido con mi hijo y el cachorro que ha adoptado su familia, para vivir la experiencia de la manada. El contacto de este cachorro con otras personas y perros que bajan al río. Elmo, este es su nombre, tiene unos dientes tan blancos como estrellas y filosos como cuchillos que ahora comienza a renovar. Para él no hay Ratoncito Pérez, sólo el asombro y las fiestas de su familia cuando descubren que se le ha caído alguno. Le interesa todo lo que encuentra a su paso: el piar de los pájaros, una langosta, una corredora o un ciclista que pasan a nuestro lado rápidamente, pero también las plastas que dejan algunos caballos, burros y ovejas.
En esta larga caminata de varios kilómetros, numerosas personas y sus perros se cruzan a diario. Los grupos se reconocen, se esperan; descubren si ha llegado alguien nuevo. Todas las personas saben los nombres de los perros de los demás, sus pequeñas biografías. Mientras tanto, las perras y perros de mayor edad respetan el juego impetuoso de los cachorros.
Tomo algunas fotografías con la cámara del teléfono móvil. Intento fijar el momento. Es como procurar hacerles fotos a los niños pequeños. Difícil. Se mueven todo el tiempo. Pero ahí estoy yo, agachada, casi a su altura, intentando reflejar el mundo como ellos lo perciben: cada encuentro y separación.
Me queda la impresión al ver estos grupos de perros, entre los que distingo razas definidas (Pastor alemán, Mastín, Golden Retriever, Rottweiler, Labrador, Doberman, Bóxer, Chow Chow, Yorshire terrier, Cavalier King, Bobtail, Pointer, Cocker spaniel inglés, Podenco), y otros que son mezclas, la mayoría de ellos caminando y retozando libremente, que los prejuicios siempre son los nuestros. ¡Qué bien se entienden!
Observo que sus compañeros humanos son personas tranquilas y seguras de sí mismas. Se conocen, esencialmente, por esta vivencia, la de verse aquí todos los días. Evidentemente, confían en sus animales, tanto como estos en ellos. Y eso, se percibe claramente.
Es de noche cuando salimos del cauce del río. En las calles hace rato que está encendido el alumbrado, es el momento en el que el cachorro duda entre quedarse tumbado o seguir adelante. Instante en que mi hijo le dice: ¡Eres un «asustón»!, palabra sin hueco en el diccionario pero que a esa hora de la noche lo retrata idealmente.
Subimos al coche para regresar a casa; todavía vemos gente que vuelve de la playa a sus hogares portando sombrillas, sillas y flotadores, y los restaurantes comienzan a animarse.
Después de esta experiencia, siento como que vuelvo al mundo que me parece otro. Allí abajo, en el río, era posible sentir la naturaleza hondamente, el agenciamiento que nos permitía esa unión con los animales nos posibilitaba husmear, lamer, correr con ellos, distraernos, asombrarnos de la vida, volver en suma a algo, muy nuestro, muy primitivo, pero como olvidado, y que muchas veces creemos perdido.

sábado, 19 de agosto de 2017

LA NIÑEZ


Foto y texto: Pilar Alberdi

Vivíamos entre sentimientos.
En las tardes de verano, en aquel garaje que nos parecía inmenso, jugábamos a la gallinita ciega. Había allí una bolsa de pan duro: ¡niños salvajes, con qué gusto lo devorábamos!
Aquella era vida, la de la niñez; estaba toda entera.
El tiempo de la niñez era otro tiempo, se perdió.
Éramos tan niños de la calle que las familias nos veían regresar rendidos al atardecer.
Curioso: se pasan los niños mirándose los dedos para aprender a contar.
La calle parecía vencida ante nuestros patines y bicicletas; las aceras las bordábamos con rayuelas dibujadas con tiza.
Más tarde, nos subimos al tren de las palabras y nos encontramos por el camino con un burro de nombre Platero.
Los niños no saben nada del azar; por eso, tampoco saben nada de la vida.
El dios de nuestros padres nos consoló de los primeros golpes. Caímos muchas veces; nos levantamos otras tantas.
En verano, el asfalto de las calles se derretía junto a las aceras. Entonces, nosotros aprovechábamos para hacer canicas de alquitrán con un palito. Pequeños rebaños de ovejas negras que rodarían a nuestro gusto para caer en un agujero.
Balada triste de los niños que fuimos: «Aserrín, aserrán; piden pan, no les dan».
Donde los adultos veían solo niños, justo un paso más allá estábamos nosotros.
Nos contaron que anudarse bien las zapatillas nos haría mayores. Les creímos.
¡Sentir, admirar, emocionarse! Habitábamos tierra de filósofos, pero éramos niños y no lo sabíamos.
Nuestros sueños, los alimentábamos siempre con más sueños.
Jugábamos al escondite para despistar un momento al presente.
Nadie como nosotros para creer en la majestuosidad de los barcos y los aviones de papel.
Como si fuéramos niños ricos, alguna vez, hasta donamos nuestros juguetes a niños que nos dijeron eran más pobres que nosotros.
Día a día ganábamos nuestra dignidad rebelándonos contra las injusticias: las regañinas, la primera bofetada, la piedra que arrojamos o nos arrojaron.
Nuestro lema fue: «¡Por un chocolate, un mundo!».
La niñez es un recuerdo que se hace mayor.

sábado, 5 de agosto de 2017

MARCO FABIO QUINTILIANO: INSTITUCIONES ORATORIAS


Pilar Alberdi

Escribir hoy en día un título como este es, en parte, condenar al artículo a no ser leído. Sin embargo, me arriesgo; anticipando que tomaré en cuenta lo que dice Quintiliano sobre la educación de los niños en Roma, recomendaciones que bien valen para nuestro tiempo.
Quintiliano era un reconocido orador, lo que hoy llamaríamos un abogado, uno de los pasos previos para destacar y acceder a cargos políticos. Así ascendió, por méritos propios, Cicerón. Y en la política perdió su vida. Sus asesinos dejaron expuestas sus manos y su cabeza en el Senado.
La época preparaba a los niños para ser oradores a través de la retórica, que incluía, la dialéctica, la elocución, conocimientos de gramática y algo de matemática. Hablar bien, mover a las pasiones, gesticular adecuadamente, convencer.
El autor dedica la obra a Marcelo Victorio y pone en ella la teoría aprendida y su propia práctica. Un verdadero regalo para sus contemporáneos y, sin duda, para la posteridad. Así nos explicará cómo ganarse al auditorio, cómo interesar el juez. Sabía mucho de psicología.
Pero es, como anticipé previamente, de sus opiniones sobre la educación de los niños sobre lo que comentaré. En ese momento, los niños accedían a la escuela pública a partir de los siete años, pero también podían ser formados por profesores particulares (muchos romanos, los más pudientes, contrataban para la labor a filósofos griegos y en esos casos las clases se daban en la casa, en la que generalmente también vivía el o los preceptores).
Quintiliano intenta contestar a la pregunta de qué es mejor: ¿estudiar en la casa con un preceptor o en la escuela? Intentaré sintetizar. Lo primero se educa a los niños para ser futuros oradores (lo que les permitirá desenvolverse tanto en la vida pública como en los negocios, el ejército y otras tareas), lo que implica como requisito previo que adquieran buenas costumbres en sus hogares. Le parece bien que accedan a la escuela pública porque así pueden estar con sus pares.
Se inclina a que los niños comiencen a aprender la lengua griega, ya que la latina la conocerán en el trato diario. Pero para esto quiere que los padres tengan la mayor erudición posible, las ayas conozcan bien la lengua latina y sepan corregir cuando una palabra está mal pronunciada y los ayos no sean necios. Pone ejemplos: los Graco, aprendieron de su madre, una gran lectora de la que también habla Cicerón; y de la hija de Lelio se decía, que habilísima como era imitaba a su padre en la oratoria.
Imitación. Ahí ha aparecido la palabra mágica. «Porque naturalmente conservamos lo que aprendimos en los primeros años, como las vasijas nuevas el primer olor del licor que recibieron, y a la manera que no se puede desteñir el primer color de las lanas».
Está en desacuerdo que a los niños se les enseñe primero el nombre de las letras (el abecedario) y más tarde se les muestre sus formas. Prefiere la instrucción que a modo de juego, al mismo tiempo que nombra las letras enseña las figuras construidas en marfil o madera, de las cuales hallarán gusto, dice, en «manejarlas, mirarlas, señalarlas».
Para las primeras prácticas mejor que pasen el estilete por tablas de madera donde estén marcados los surcos o trazos correspondientes a cada letra; después, más tarde, podrán practicar en tablas cubiertas de cera.
Jamás castigarles, aunque reconoce que en algunos hogares los niños de dos años piden ropas de púrpura antes de saber leer, y es lo propio por cómo han sido consentidos, no porque sea lo correcto. Promueve que se les permita y se les incentive a leer aquello que «fomente el ingenio y aumente las ideas». Aprender a leer tiene sus dificultades, por un lado, hay que ir pronunciando las palabras al mismo tiempo que con la mirada se intenta retener las que siguen. Pide paciencia para conseguir lo que es propio del lenguaje: «corrección, claridad y elegancia». ¿A qué niño le hablaríamos hoy de elegancia en el escribir, cuando ni siquiera se lee en voz alta en clase, cuando tampoco se hace caligrafía, aunque cualquier estudio reciente indica que escribir a mano sirve para retener lo que se ha de estudiar?
Y, ¿por qué lecturas comenzar? Él señala las Fábulas de Esopo, porque es fácil. Una lectura amena y, además, moral. De ese modo aprenderán algo más que palabras.
Deben ser también dueños de otras lecturas porque, no basta con ser buena persona y buen orador, hay que saber «de cuánto sirve la economía en el discurso; la correspondencia de unas cosas con otras; lo que conviene a cada persona; qué se le ha de alabar en los pensamientos, y qué en las palabras; dónde cabe bien la afluencia, y dónde la concisión» y sobre todo se les debe incitar a ser sabios. Y pone como ejemplo a las abejas capaces de hacer la miel «de diversas flores y jugos, que no alcanzan todos los entendimientos humanos». «¿Y nos maravillaremos nosotros de que la oración (se refiere en esencia al discurso), obra la más grande de la naturaleza, necesite del conocimiento de muchas artes que, aunque no se descubren en ella ni manifiestan su fuerza, influyen secretamente y no deja de traslucirse su influencia?».
Por eso pide que también se enseñe frases ejemplares, que aprendidas de memoria queden para el recuerdo.
Evidentemente, él no cree que haya niños incapaces de aprender, se rebela cuando le hacen ese tipo de comentarios y salvo excepciones por problemas físicos, señala al entorno.
Miro al presente y me pregunto de qué modo educamos a los niños, con qué conciencia, en qué manos, es decir con qué cuidadores les dejamos, qué esperamos de ellos cuando sean grandes. Añadiría: ¿ante qué programa de la televisión, con qué juego en el ordenador o la tablet antes de aprender a leer, antes de saber cómo es el mundo?
De aquellos niños romanos se esperaba fueran buenos oradores, honestidad y lealtad al Imperio, pero también que fueran sabios. ¡Qué enormes parecen estas palabras hoy! Un niño desconoce ese sentido implícito.
La última vez que nos visitaron nuestros nietos de Madrid, el mayor de ellos, me preguntó por qué tenía frases escritas en papelitos debajo del cristal del escritorio; antes, también tenía la costumbre de dejar fotografías. Le contesté que las dejaba porque me habían deleitado, resultaban un buen ejemplo, algo para tener en cuenta, para recordar. Pero después de esa experiencia, la de los nietos observando y aprendiendo de sus abuelos, ahora dejo las frases para ellos, porque sé que las leen. Como ya es tiempo de vacaciones y están a punto de llegar a Málaga, en esta ocasión dejaré la siguiente frase: «El lenguaje es nuestra caparazón y nuestras antenas; nos protege de los demás y nos dice qué son; es una prolongación de nuestros sentidos» (Jean Paul Sartre). Yo creo que ellos, a los que les encantan los insectos, las mariposas, las lombrices, y que están más cerca de la tierra que nosotros, les encantará y sabrán disfrutarla.
Después, mientras los columpiamos y ellos nos cantan alguna canción, aprovecharé para hablarles de los niños romanos, aquellos que conoció Quintiliano, y les contaré de sus juegos, prácticamente los mismos a los que ellos juegan hoy: canicas, tres en raya, escondite, columpios, balancín, muñecas.
El tiempo no pasa, ¿o sí?
Por cierto, Quintiliano nació en Calagurris Nassica Iulia, actual Calahorra, La Rioja, España, y su obra más conocida es De institutione oratoria.


viernes, 9 de junio de 2017

¿A QUÉ LLAMAMOS LIBERTAD?



Pilar Alberdi

Voy a contarles una historia. Es pequeña pero inquietante.
Leía yo un libro de John Searle: La mente. Lo cierto es que el buen hombre planteaba ahí algunas de mis preocupaciones más recientes. No la de por qué somos libres, sino la de por qué nos lo creemos.
Él hablaba de «determinismo» o «indeterminismo». No es un tema baladí. En la Edad Media la pugna se diluía en conceptos como «servo arbitrio» y «libre arbitrio». (Puedes continuar leyendo este artículo en el siguiente enlace directo a la revista Nueva Revolución).

jueves, 8 de junio de 2017

«CUERPOS DÓCILES»



Pilar Alberdi

Si hay libros por los que el tiempo no pasa, Comprender los medios de comunicación de Marshall McLuhan, es uno de ellos. No sólo no ha pasado su enorme actualidad, sino que anticipó la realidad que hay vivimos, pero claro, bien podríamos decir lo mismo de otros libros como la distopía de Un mundo feliz de Aldous Huxley o 1984 de George Orwell.
Se ha hablado mucho del término «aldea global», pero casi nadie sabe que el primero que la utilizó fue McLuhan, y lo más importante, que previno sobre sus peligros. Nada que ver, desde luego, con lo que nos han contado.
McLuhan explica cómo tras unos tres mil años de explosión, entiéndase como «ampliación», «mediante tecnologías mecánicas y fragmentarias, el mundo actual ha entrado en implosión», es decir, se vuelve sobre sí mismo. Y si antes fue diverso, ahora resulta cada vez más uniforme.
Tanto Huxley como McLuhan veían claro lo que ocurría ya en los años 30 del siglo XX, mientras que nosotros, ¿qué vemos en pleno siglo XXI? Bien poco.
Pero, insistamos en lo que nos ocupa. Cuando Occidente se mira el ombligo, y se siente tan importante, hay que recordarle: ¿Qué Revolución Industrial habría sido posible sin la curiosidad de los primeros humanos, sin la matemática asiria, la griega, la egipcia; sin aquellas máquinas simples como la palanca, el plano inclinado, la rueda; los molinos hidráulicos y los de viento; el collarín para los caballos de tiro, el arado de hierro transversal, las herraduras, el estribo; los autómatas de vapor, griegos; la imprenta o estampación fija oriental que luego dio lugar a la imprenta de tipos móviles?
Jacques Derrida, el filósofo francés, decía que nunca acabaremos de «deconstruir» el etnocentrismo europeo, es decir, de desfijarlo, de moverlo del centro en que se ha consolidado.(Puedes continuar leyendo este artículo en el siguiente enlace a la Revista Liverdades).

viernes, 26 de mayo de 2017

LA PENA DE MUERTE EN LA LITERATURA


Pilar Alberdi

Las letras son puentes, a veces alegres y otras tristes. Pero, aunque sean tristes, aunque hablen de lo la parte oscura de la humanidad, hay que seguirlas, hay que ahondar en ellas, sufrirlas, hasta sentir que el pensamiento duele.
Hay tres obras —entre otras— que hablan de esos momentos en que en nombre de la autoridad se ha de matar a un hombre. (Puedes continuar leyendo este artículo en Letras en la frontera (USA) en el siguiente enlace.

miércoles, 24 de mayo de 2017

¿EL PROBLEMA DE PLATÓN? ¿EL DE ORWELL? ¿O LOS DOS?



Pilar Alberdi

Nadie esperaría hallar al comienzo de un libro de gramática un dilema político, sin embargo, así ha sido en el caso de Noam Chomsky y su muy conocida obra Gramática generativa, en donde plantea el modelo de una Gramática universal, innata y común a todas las personas, que es la que nos posibilita la adquisición del lenguaje. Ese modelo sería el que permite a los niños aprender fácilmente una lengua, sin el conocimiento previo de sus reglas, que aplican, sin embargo, correctamente.
El dilema que presenta Chomsky es el siguiente: ¿cómo es que sabemos tanto y cómo es que sabemos tan poco? Al primero lo llama «el problema de Platón» y al segundo «el problema de Orwell», ya imaginan a qué Orwell se refiere, sí al autor —entre otros libros— de 1984 y Rebelión en la Granja. Un escritor que tuvo en el punto de mira a los imperialismos y totalitarismos. (Puedes continuar leyendo en el siguiente enlace directo al artículo en la revista Nueva Revolución.